Me llama mi santa madre a felicitarme el día de la mujer trabajadora y me pregunta que qué hago, yo le contesto con un irónico “las tareas propias de mi sexo y condición”, y decido escribir algo sobre este día que no me gusta porque todos los días deberían ser,sin tanta parafernalia, el día de la mujer trabajadora.
La primera imagen que me viene a la cabeza es la mi abuela, esa mujer que yo conocí menuda, con el pelo blanco y los labios siempre pintados de carmín rojo a pesar de todo, que “servía” cuando era joven. Pienso en mi madre que viuda a los 42 trabajó dentro y fuera de casa para criar a tres hijos. Pienso en las mujeres de mi familia que han cuidado años de sus hombres enfermos de crueles enfermedades como el Alzheimer. Pienso que reivindicar lo que uno es no significa denostar lo que es el otro, reivindicar nuestro género no significa echar pestes del masculino (aunque en ocasiones lo haga).Pienso en que necesariamente tendremos que incluir nuevos términos en nuestro lenguaje cotidiano como la cooperación, la colaboración, y la co-responsabilidad porque sin ellos nunca alcanzaremos la verdadera libertad e igualdad de géneros.
A mí no me gusta un hombre que dice que me ayuda porque eso me coloca en un escalón inferior, me gusta un hombre co-responsable que asume que el cuidado de los hijos, las tareas domésticas, o la participación en la vida pública y privada son igualitarias, y no de cuotas.
Y parte del cambio viene en cómo educamos a nuestras hijas e hijos en esa nueva concepción de lo “co”, que no sólo afecta a las relaciones de género, sino a la economía, la política, la solidaridad, y el entendimiento de una vida mejor basada en ese prefijo latino que en una de sus más bonitas acepciones significa agregar.
Cuando mi hija era pequeña, más pequeña, y la bauticé (a pesar de ser yo reatea y una sindiós, eso sí, con un cura negro), le escribí unas palabras, le deseaba que fuera inspirada por la “chispa divina”, la del universo, y no la de ningún dios, para que viajara en la vida con profundidad y audacia, para que fuera una mujer alegre, amorosa, entregada, firme, comprometida con su tiempo, que mirara de frente siempre con lucidez y honestidad. “Espero que siempre tengas valor, fortaleza interior, esperanza y confianza, espero Martina que siempre vayas acompañada en tu viaje interior” le decía.
No quiero que mi hija aprenda como yo lo hice a agradar, quiero impulsarla a ser alguien de una forma innegociable. No se trata de que sea la mujer sentada en el centro del universo, sino de que busque ser parte de él de forma digna, no por su pertenencia a un sexo, raza, religión…. sino por su pertenencia al universo en sí mismo, donde todos somos iguales, porque como decía Platón no conozco un camino seguro para el triunfo,pero sí un camino para el fracaso seguro, el querer complacer a todo el mundo.
Y aunque el entorno como mujeres nos sigue siendo hostil, hay que elevar los pies del suelo para que no nos contamine, y reivindicar lo que uno es, pero por favor que no sea sólo el 8 de marzo.

