Hoy he dado con mis huesos en el Museo Arqueológico, porque mi hija quiere ser bailarina de circo y arqueóloga que son dos profesiones perfectamente compatibles como comprenderéis, y muchos domingos cuando es gratis , que con la crisis no estamos para dispendios, vamos a pasearnos entre los huesos de algún egipcio, y sus sarcófagos y aprovechamos para ver repetidamente el video de Ra cuando atraviesa el mundo de los muertos.
Pero esta mañana mientras veía al dios Osiris me he dado cuenta de que ya hace más de cinco años que mis huesos acabaron en esta ciudad, y sigo con esa sensación de exilio interior.
Esta ciudad es ciclotímica, como yo, y me muevo entre el amor y el odio con ella. Vine para quererla un septiembre de 2009, aún me acuerdo cuando apague las luces del atiquillo de la playa, con una escalera de aluminio debajo del brazo que le iba a dar a mi madre, y muchos lagrimones, muchos, y aún hoy no sé si seguir queriéndola o abandonarla, pero seguramente no es ella, soy yo que todavía no se lo que quiero.
Supongo que por eso mis huesos nuevamente autónomos como son y a la vista de que mi cerebro no les mandaba las órdenes correctas, decidieron tomar las riendas el año pasado, y romperse, y quedarse .....de momento.
No nos fuimos a hacer las Américas como estaba planeado, ni las geográficas ni las personales que del americano de Virginia ya estaban hartos, además.
Tengo una amiga que dice que si se te rompes los huesos, concretamente la pierna, es porque tu alma quiere que te pares a arreglar algo, y si encima es la derecha lo que tienes que arreglar es terrenal, no es del espíritu.
El novio doctor en psiquiatría de mi amiga dice con algo más de rigor profesional que es un acto fallido, un desliz freudiano, un acto contrario a la voluntad consciente del sujeto, o bien pudiera haber sido una manifestación de la intuición, un chispazo en la consciencia que diría Einstein.
Lo cierto es que mis huesos echan muchas cosas de menos, aunque algunas nuevas hayan llenado espacios. Si hoy mis huesos se preguntaran qué hacer si me quedara una sola hora de vida como se pregunta el filósofo Roger Pol Droit , seguro que querrían volver a recoger la escalera de aluminio, a rodearse de otros huesos amigos, a celebrar la muerte como si de la fiesta del sjaund vikinga se tratara, y a bañarse por última vez con mi hija en El Charcón.
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