Preparé la lubina, horneé el pan, ayudé a organizar los platillos y las salsas. Hacía tiempo que no estabamos juntos, ahora hay una generación más, todas mujeres, pequeñas, diminutas princesas con varitas mágicas que tintinean al golpetear la mesa, con tules caídos y coronas de papel entre copas de cristal.
Él perdió la memoria pero recuerda los acordes del piano y todas sus escalas, me indica cómo hacer fotos a contraluz pero no sabe quién soy, olvidó mi nombre y el de su hija, pero aún le gusta el buen vino, y nos mira pacífico y distante desde el sillón orejero mientras cantamos algún villancico, mientras las niñas corretean y le abrazan, le llaman abuelo, no sabe qué es.
Ella se abraza a él después de tantos años, le acaricia el mentón, le ha afeitado, yo os saco fotos, le acostará tan pronto nos hayamos marchado, y acercará su cuerpo al suyo porque las noches son algo frias.
Las niñas lloran, ya tienen sueño. Mi pequeña princesa tiene miedo de Venus, piensa que es el trineo de Papa Nöel, piensa que no llegará a tiempo de lavarse los dientes y acostarse antes de que llegue a casa, y despertar un día mágico.
Tú llegas tarde a trabajar, me pides venir a dormir al abrigo de mi arrecife, yo dudo.
Vuelvo sola a casa andando. El taconeo contra la acera, la lluvia que ha caido, la llave en el portal, Perro que espera y siento que es Nochebuena, que más da.
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